Si las personas mayores la tienen complicada por vivir en un mundo que envejece sin querer darse cuenta, en el mundo digital la cosa parece agudizarse. Falta de acceso a los dispositivos, interfaces complejas y ausencia de políticas públicas específicas son asuntos que se repiten. Sin embargo, y pese a la indiferencia de las empresas, viejas y viejos -pandemia mediante- hacen malabares para no quedarse afuera. 

Alguien alguna vez dijo -medio en serio, medio en broma- que con los años vamos perdiendo la vista solo para no tener que asistir a nuestra propia vejez. Y el problema ahora parecería ser, también, algo vinculado a la visión: vivimos ya en un planeta que va camino de serlo aún más. Para 2050, de hecho, 20% de la población mundial tendrá más de sesenta años. Y en algunos países las estadísticas demuestran que ya sucede algo realmente novedoso en la historia de la humanidad: la gente de más de 60 supera a la de menos de 18. Un mundo al que el marketing -insuperable a la hora de etiquetar y ver el negocio- ya ha reformulado como economía plateada. Porque lo plateado, claro, suena a futuro intergaláctico mientras que lo gris luce marchito.

Las bajas tasas de fecundidad y mayor esperanza de vida explican parte del fenómeno. Sin embargo, el planeta parece seguir emperrado en creer que todavía tiene diecisiete. Para peor, en el último año y medio –pandemia mediante- el uso de distintas tecnologías se volvió inevitable, aun cuando nadie parezca haber reparado en el grado de dificultad que algunas personas mayores experimentan en relación a las pantallas.

Algunos de los problemas que enfrentan las y los mayores son cuestión de diseño: teclas diminutas con letras ídem que nadie con presbicia puede decodificar (no importa si en un celular o en un cajero automático), pantallas tan sensibles al tacto que intimidan o interfaces poco intuitivas llegan a complicarnos la vida en un momento en el que –si algo no falta- son complicaciones. Según Alejandro Artopoulos, director de Investigación y Desarrollo del Centro de Innovación Pedagógica de la Universidad de San Andrés, “gran parte de los diseños están pensados para gente joven, sobre todo aquí en el sur. Eso también es parte de nuestra precariedad tecnológica, porque también hay empresas que se esfuerzan por llegar a los adultos mayores. Dependiendo de la empresa, podemos ver diseños hechos para que puedan trabajar con los dispositivos. Pero que la brecha existe, existe”, explica a Quirón.

El experto cree que no “se trata tanto de una brecha de género como de edad. Se da, en primer lugar, entre las personas mayores y el resto de la población. Y si bien no hay una respuesta unívoca para eso, lo cierto es que experimentan temores sobre todo ante el cambio permanente de la tecnología. El dispositivo tecnológico más complejo de la actualidad, de hecho, se llama plataforma y es con el que más interactuamos. Genera bastantes temores que, en particular, tienen que ver con perder lo propio. Por ejemplo: si yo tengo que manejar mi plata por vía de estas plataformas, puedo perderla. Sucede aquí algo parecido a lo que antes sucedía con las tarjetas de crédito y que hoy sucede con las aplicaciones de pago. Y eso nos paraliza a todos, pero a los mayores aún más”.

Para la doctora Roxana Cabello, que integra el Programa de Uso de Medios Interactivos (UMI) y es docente de la Universidad Nacional de General Sarmiento, este fenómeno se marca aún más en el caso de las mujeres. “Muchas de las que tienen más de sesenta años hacen usos acotados de tecnologías. La generalización del uso del teléfono celular inteligente ha acortado en parte las distancias pero otros usos más complejos de computadora personal, plataformas y distintas áreas de internet se presentan como más difíciles para muchas personas mayores, que han acumulado menos experiencia y construido menos familiaridad con los distintos dispositivos. Se ven en la necesidad de atravesar varias fronteras, temores y prejuicios”, explica.

Hay una luz 

Con todo, también hay algunas buenas noticias: mucho de todo eso que las personas mayores no hacen en otra clase de plataformas sí lo hacen en las redes sociales. Hace rato ya que tías, abuelos, abuelas y amigas de 60 y más han sentado sus reales en Facebook o Instagram. Muchas de ellas twittean y varias adelantadas han llegado incluso a Tik Tok, la app china que enloquece a los más jóvenes. Hoy, por caso, 85% de quienes tienen más de 60 acceden y usan TICs (tecnologías de la información y la comunicación) y, en el caso de los mayores de 75, ese porcentaje llega al 53%. Nada mal. Sin embargo, “en Argentina existe una brecha digital entre las personas mayores y el resto de la población”, dice el dossier del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), presentado el Día Internacional de las Personas Mayores.

Al mismo tiempo, tener una cuenta en Facebook para subir fotos familiares o mostrar en Tik Tok trucos de jardinería no equivale, ni por mucho, a apropiarse de esas tecnologías ni poder interactuar plenamente con ellas. Por ejemplo, hay cosas que –erróneamente- se dan por sentadas: que todos y todas manejamos el nivel de inglés que presupone la interacción con cualquier computadora,  que sabemos la rutina de pasos a seguir para acceder al home banking, para hacer una transferencia o para pedir un turno en la obra social. Peor aún, alcanza con mirar algunos datos para entender que muchas veces la falta no es ya solo de capacitación sino de acceso puro y duro ¿O acaso cuántas jubiladas y jubilados pueden, en América Latina, disponer de uno de esos celulares de última generación que pueden incluso manejarse hablando?

Algo parecido sucede con la conectividad. Un documento de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) llamado Las personas mayores en América Latina en la era digital: superando la brecha digital muestra por ejemplo que solo 1 de cada 4 personas mayores tiene acceso a Internet en la región, y eso únicamente en los países que han logrado un mayor desarrollo económico. Como contracara, en países como Honduras o Haití apenas un 1% de esa misma población puede conectarse a la red de redes.

Gráfico del informe de CEPAL sobre mayores y tecnología en América Latina.

Pero no es solo eso. El dato a tener en cuenta también, en el caso de las mujeres, es que la brecha de género tecnológica viene a imprimirse sobre una verdadera enramada de exclusiones previas. Así, en Las brechas de género en la Argentina: estado de situación y desafíos, un documento elaborado por la Dirección Nacional de Economía, Igualdad y Género del Ministerio de Economía en 2019, ya se señalaba que las mujeres no solo eran las más desocupadas (26%) sino que ganaban casi 30% menos que sus pares varones, sin importar en qué sector de la economía se desempeñaran ni qué cargo ocuparan. Además sostienen el 76% de las tareas domésticas y le dedican a estas cuestiones (indispensables para el mantenimiento del tejido social) el doble de horas que los hombres. Sí, el doble. Precisamente por eso, también, disponen de menos tiempo, dinero y energía para aprender lo que necesitan sobre el mundo digital.

Video de CEPAL sobre brecha de género digital en América Latina:

“La división social por la cual las mujeres cargan con la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidado no remunerado implica una menor cantidad de horas y recursos disponibles para dedicarles a su desarrollo personal, productivo, profesional y económico”, se lee en el informe, que también destaca el resultado de semejante situación al detallar que “esta carga extra de responsabilidad tiene diferentes impactos a lo largo de su vida: en sus posibilidades de estudiar, de trabajar por un salario y percibir la misma remuneración que sus pares varones, desarrollarse en su carrera, obtener puestos jerárquicos, así como también en sus probabilidades de ser pobre o salir de la pobreza”.

Conclusión: hoy, con un nivel de pobreza que según los últimos datos del INDEC alcanza al 40% de la población, el panorama para las adultas mayores es aún más grave porque sobre todas esas inequidades previas se posa la discriminación por razones de edad. En el mejor de los casos, contarán con los recursos para poder capacitarse en informática o con los más jóvenes del entorno que operen como “traductores” de ese lenguaje. En el peor, tendrán que pedirle a alguien que las ayude a conseguir desde un turno para ir al banco hasta una consulta médica.

Según el especialista en Gerontología Ricardo Iacub, sin embargo, no todas son malas noticias porque se detecta “un aumento progresivo de capacidades. Es sorprendente ver cómo el grupo de entre 60 y 74 años casi se puso a la par de los otros grupos”.  Pero en la mayoría de los casos ese aggiornamiento –acelerado por la pandemia- dependió en gran medida del deseo y de las posibilidades personales. Y no todos cuentan con los recursos económicos, educativos y sociales que requiere la formación en nuevas tecnologías.

¿Por qué al menos en nuestro país las tecnológicas parecen ignorar a quienes tienen más de sesenta? Para Alejandro Tortolini, profesor de Inclusión digital y políticas públicas en la Universidad Nacional de José C. Paz, detrás de todo esto está el afán de lucro. “Las empresas tecnológicas y muchas otras organizaciones, de hecho, se refieren a las personas mayores como la generación perdida. Simplemente no les interesan como mercado y por eso tratan de gastar en ellas tan poco como sea posible. En los bancos se ve clarísimo: en vez de, por ejemplo, cambiar los cajeros automáticos para ponerles teclas más grandes o hacerlos más amigables, prefieren poner a un chico o a una chica a que los oriente. En última instancia, todo es cuestión de reducir costos”.

¿Y en el resto del mundo?

Pero si queremos indagar un poco más sobre este fenómeno de adultos y adultas mayores enfrentando el viejismo digital bien podemos mirar lo que sucede en Europa. Porque la brecha de género tecnológica repite algunas de las situaciones que se detectan en Argentina. Así  lo consigna el informe de 2018 Acceso y uso de las TIC de las mujeres mayores de la Europa comunitaria. Allí se lee que “tras analizar el acceso y uso de distintas herramientas digitales de la población mayor europea, se ha comprobado que existe brecha digital generacional y también por sexo, siendo la mujer mayor europea la que sufre una discriminación por edad y también por sexo en el ámbito di­gital”. Un dato particularmente inquietante teniendo en cuenta que para muchas personas de esa edad la computadora es la manera de mantenerse en contacto con el mundo de los afectos.

Cabello confirma el dato y agrega que “el uso de redes sociales, en especial Facebook, está bastante extendido entre personas mayores de 60 años. Las motivaciones principales que hemos identificado se asocian con estar en contacto con familiares (muchas veces viven en otras latitudes) y estar al tanto de acontecimientos de sus vidas”.

Pero, además dice Cabello, analizando relaciones interpersonales mediadas por tecnologías, hay un conjunto importante de personas mayores de 60 años que usan aplicaciones de citas. “Son mujeres que han incorporado estas aplicaciones como un ámbito en el cual encuentran la oportunidad de ampliar sus relaciones. Una actitud que hemos podido reconocer es la de la expectativa de conocer a alguien con quien hacerse compañía. Algunas mujeres consideran que es un buen recurso para rehacer su vida. Hemos entrevistado a mujeres que conocieron a sus actuales parejas después de los 60 años y han construido un proyecto de convivencia que consideran exitoso”.

Pero, ¿cómo hacerlo cuando ya no se trata de pilotear redes sociales (relativamente “amigables” y sencillas de manejar) sino de cuestiones más complejas? ¿Cómo hacer cuando no hay quién se ocupe de configurar el teléfono o la tableta? ¿Cómo hacer cuando nadie parece tener tiempo ni paciencia para ocuparse de la “traducción”? Ese es, para Artopoulos, “el principal cuello de botella: no contar con gente especializada que se ocupe de activar esos recursos que existen y de atender a esa población. Es curioso, pero siempre con la tecnología desarrollamos una especie de pensamiento mágico que da por sentado que todos y todas podremos lidiar siempre con ella, cuando no es verdad. Entonces quienes no pueden, se callan”.

La buena noticia, según el especialista, es que también existen casos concretos de políticas exitosas a la hora de cerrar la brecha digital. “En Uruguay tenemos un ejemplo, con políticas muy activas del Estado, capacitando y con distribución de dispositivos, sobre todo para lograr la integración financiera –a través del home banking- y de salud, a través de la atención de consultas médicas on line”, destaca. En Argentina todavía estamos bastante lejos de cerrar esa brecha, y lo cierto es que muchas iniciativas se limitan al reparto de dispositivos (como las cien mil tablets que el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires asegura haber distribuido) o la creación de los denominados puntos digitales, cuya localización tampoco es clara.

Hay, con todo, algunas luces esperanzadoras. El Banco de la Nación Argentina, por ejemplo, ha implementado un espacio digital destinado a sus clientes de más edad y -con el nombre de Mayores Activos– explica de modo accesible desde cuestiones de seguridad bancaria hasta cómo operar en un cajero y otras cuestiones de banca digital.

También entusiasman las iniciativas como UPAMI (Programa Universidades para Adultos Mayores Integrados) que ofrece un enorme abanico de talleres, algunos de ellos relacionados con las nuevas tecnologías.

Sin dudas todavía queda mucho por hacer pero las señales ya están ahí y las personas grandes con grandes ganas de aprender, también. Ahora todo será cuestión de seguir acortando la distancia que las separa.

 

Escribe

  • Licenciada en Letras y periodista. Docente universitaria. Autora de La Argentina Fumigada (Editorial Planeta, noviembre de 2017). Autora en Editorial Planeta.

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Por: | Publicada: 24 de octubre, 2021 | Categoría: Desde casa
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