Tres mujeres -Brígida, Edith y Cecilia- trabajan hace años para hacer de este mundo un lugar mejor. Uno donde quepan todos y todas, dice una de ellas. Historia de tres dirigentes sociales que no se quedaron con las ganas de hacer y pusieron manos a la obra para que las otras y los otros la pasen un poco mejor.

Brígida Epulef está próxima a jubilarse y sabe que va a extrañar su tarea diaria de reciclado. Fotos: Eugenia Neme

“Está triste. No quiere jubilarse. Este lugar es como su casa, está acá desde que empezó todo”, dice una de las trabajadoras de la Asociación de Recicladores Bariloche (ARB) mientras esperamos a su compañera, Brígida Epulef. El otro día se sacaron una foto todas juntas y “la abuela”, como la llaman en la planta, se emocionó mucho. Es difícil el desarraigo, pero la planta ya no es un lugar para Brígida: el frío, las máquinas, sus 78 años.

La planta de la Asociación de Recicladores Bariloche se encuentra a la vera de la ruta 40 que va desde Bariloche hasta El Bolsón. Allí, a metros del Vertedero Municipal trabajan hace casi veinte años unas 58 familias clasificando cartón, latas, vidrio, plástico, papel, metales. Desde lejos se ve a los pájaros girar en círculos sobre el manto de basura que traen los camiones: a pesar de la demanda de larga data, en Bariloche no se hace una recolección diferenciada, los residuos vienen todos mezclados y hay que meterse para separar nuevamente lo que mucha gente en sus casas manda separado.

El auto verde que trae a Brígida entra por el camino de tierra que zigzaguea desde la ruta y estaciona frente a la Asociación. Al fondo, las montañas se recortan como si fueran de otra dimensión, coronadas por un blanco inmaculado que toca el cielo. Ella baja despacio y enseguida avanza erguida el trayecto hasta donde estamos, acepta sentarse un ratito para desandar su historia, aunque se mantiene alerta sabiendo que la tarea la espera y sus ojos trasparentes buscan en las cosas tangibles las respuestas. Dice que no habla mucho, pero poco a poco va narrando una vida y cuenta que ya trabajaba separando plásticos desde los 14 años en un basural que estaba en otra parte de la ciudad. Iba a diario después del mediodía, cuando dejaba a los chicos en la escuela. Tiene once hijos, está con su esposo desde hace más de sesenta años.

Brígida es una de las que estuvo desde los inicios de la Asociación, en el 2003. Antes de que se organizaran, juntaba como tantas familias lo que podían rescatar del basural abriendo bolsas y vendiendo de manera individual lo que encontraban. Ahora reparten las ganancias según las horas trabajadas. Pero además, ejercen una labor central para una comunidad de más de 150 mil habitantes reciclando toneladas de basura que de otra manera sería enterrada.

“A mí siempre me gustó reciclar el plástico, las botellas, clasificarlas y sacarles las tapitas por color”, dice a Quirón. En la actualidad separa el papel blanco del papel de color. “La gente del pueblo viene y va dejando las cajas que traen con el papel ya separado. También las compañeras me van acercando otras bolsas con los papeles que juntan en el manto y los dejan en un carrito donde estoy yo, que lo voy separando”, explica y corta el relato confirmando lo que sus compañeras saben: “No me quiero ir, hace más de veinte años que estoy acá, aunque en realidad desde antes, desde el 86 cuando el basural estaba en frente. Trabajé toda la vida y ahora me voy a jubilar como ama de casa, yo quería una jubilación un poco mejor”, señala y explica que también trabajó en una escuela en el Barrio Virgen Misionera, pero nada de eso está en papeles. Brígida trae los recuerdos que hoy no quiere soltar porque urden una vida: “Antes nevaba bastante y veníamos con la nieve hasta la rodilla. También me acuerdo de la ceniza, cuando explotó el volcán: ese día había salido del trabajo y pasé a comprar a la despensa. Cuando quise ir para mi casa ya estaba todo oscuro, no se veía nada, casi me pierdo. Y ahora esta pandemia, eso sí que no me imaginé que me iba a pasar, pero la pasé”.

¿Qué es lo que más valora cuando mira todo lo recorrido con la Asociación?

Lo que más valoro es que la hicimos entre todos. Yo a la ARB la vi crecer. Acá nos organizamos y una se podía ganar su plata y llevar a la casa. Se habrá sufrido, pero salió. Es como una familia, yo los veo a todos como hijos, porque nos queremos mucho, son todos muy buenos.

En ese se habrá sufrido, Brígida recuerda cuando todavía no estaba la planta y había que clasificar a la intemperie. Lloviera o nevara. “Después se arrumbaba y se iba entrando de apoco y clasificando. Ahora estamos más protegidos, pero todavía nos haría falta tener gas, porque para calefaccionar hay que estar comprando garrafas”. Entre las postales aparece la gran nevada del 82 y la memoria de cuando llegaba a trabajar a caballo: “Lo dejaba ahí abajo tapado y atado en los árboles para después volver a mí casa. Dicen que cuando me jubile me voy a quedar más tranquila, pero para mí que extrañas y te achacas. Yo hago de todo, pero igual voy a extrañar. Más que nada a mis compañeras”.

Un mundo donde quepan todos

Edith Espinoza lleva más de treinta años acompañando a niñas, niños, adolescentes y sus familias en situaciones complicadas. Fotos: Eugenia Neme

Edith Espinoza sueña con un mundo en el que quepan todos. Y aunque es un sueño actual, algo de eso seguramente la habitaba también en los inicios de su andar con el Grupo Encuentro del que es referente. El espacio que funciona en el barrio Abedules, en la zona del Alto de la ciudad, lleva más de treinta años en Bariloche acompañando a niñas, niños, adolescentes y sus familias en situaciones complicadas, una tarea inmensa que ha atravesado toda una vida.

“Es un trabajo que depende de bastante presencias. Para nosotros es una opción de vida haber emprendido esta tarea”, dice Edith, quien estuvo desde los inicios, en los 80, viendo nacer el espacio entre tantas dificultades y sin ningún tipo de apoyo, pero encontrándole la vuelta a todo lo que la realidad fue presentando década tras década.

“Cuando empezamos era otro siglo, otra época, otro contexto, hemos pasado por una serie de administraciones y, en ese sentido, estamos cada vez más convencidos de que fue lo correcto  haber conformado una organización social sin fines de lucro, independiente del Estado; si bien podemos hacer convenios y exigirle que nos acompañe en esta tarea: claramente existimos porque hay un agujero de las administraciones que no permiten que estén cubiertos los derechos de los niños, en algunos casos de cosas básicas, como los espacios de contención donde nosotros como adultos seamos veedores de que se cumplan estas leyes que son tan lindas y están tan bien planteadas en los papeles. Las organizaciones sociales tapan todos esos agujeros, entonces también decimos que es una responsabilidad del Estado estar al lado nuestro”.

En su rol como una de las coordinadoras del espacio que vio nacer, Edith se plantea el intento de que la organización se mantenga con ese ADN que, dirá, tiene mucho que ver con la convicción de que los adultos son los responsables de la vida de los niños. “No hablamos solamente de los niños y niñas que parimos, sino de todos los niños de la comunidad, es por eso que también hemos sido desde el principio parte de lo que supo ser el movimiento de los chicos del pueblo, pero también con esta concepción, de que todos ellos son nuestra responsabilidad. Que rían más de lo que lloren, saber si comen o no comen, si van o no a la escuela, si cuentan con un referente adulto. Creo que debemos ser comunidad en el cuidado y en la crianza y trabajar todos los días para que su vida, su infancia, sea lo más plena posible”.

A lo largo de todo este tiempo, “la mitad de nuestras vidas” dirá Edith, han ido creciendo con un trabajo de hormiga imparable, viendo pasar varias generaciones, manteniendo dimensiones manejables, porque, señala, la historia de cada ser es única e irrepetible. De todas formas, son alrededor de 110 personas las beneficiarias directas del espacio, a las que deben sumarse de manera indirecta a sus familias (al menos 54). Hay además talleres cotidianos de panadería, carpintería, huerta, cocina, plástica, educación física. “Hoy estuvimos remontando barriletes que hicieron los mismos chicos”, ejemplifica Edith. También hay talleres de reflexión para adolescentes.  “Implica una tarea cotidiana que es muy gratificante, pero también ardua. Pero es lo que nos mantiene activos todos los días. Son el estímulo para levantarse pensando que hay mucho por hacer”.

Sostener una tarea tan inmensa, ¿qué satisfacciones te deja?

Cuando empezamos era muy difícil ver la satisfacción, pero cuando mirás para atrás ves todo lo andado. Hace unos días vino un chico que se crió en el grupo. Vive en Bahía Blanca pero siempre viene de visita y para en el grupo, somos parte de su familia y nosotros vimos mejorar su calidad de vida. Él hizo una historia distinta a la que vivió: es un padre muy presente, acompaña a sus hijos. Son esas las cosas que a una le satisfacen. Tenemos que ser conscientes de que la devolución es ver a los pibes un poco mejor que el día anterior. Valorar la sonrisa, que te abracen cuando llegan, son todos pequeños gestos que hacen que uno se alimente de eso también. Es un ida y vuelta, un trabajo conjunto. Todos los días es un constante aprender. Y si bien los niños de hace treinta años son distintos a los de hoy, con otros estímulos, otros proyectos, y hay que estar actualizados, hay otras cosas que no cambian: la pena es la misma en el niño de hace 30 años que en el de hoy.

¿Qué te imaginas hacia adelante para espacio?

Tenemos que ir pensando en quiénes serán nuestros sucesores. Queremos intentar dejar instalada esta forma de trabajo como una forma de trabajo reconocida, no solo socialmente sino por el Estado, por lo cual no podemos acceder a un sueldo, como un maestro, un médico. No entramos en ninguna de las estructuras. Por eso estamos solicitando que los legisladores hagan un proyecto donde quienes se desempeñan en las organizaciones sociales sean reconocidos como trabajadores, con todos los derechos y responsabilidades que implica. Esa es una cosa que nos gustaría dejar resuelta, porque nuestra organización nunca tiene dinero para pagar sueldos. Pero nos gustaría que pueda ser un espacio laboral donde vos te desarrolles. Hemos sido semilleros de muchos promotores que ahora son trabajadores de la provincia o del municipio porque en esos espacios se les ofrece una estabilidad laboral que nosotros no podemos lograr.

Edith vio pasar mucha agua bajo el puente, desde aquellos inicios, cuando bajaba a las arterias principales de la ciudad para arrimarse a los chicos de la calle, cuando las ollas con comida, cuando el hambre de los 90, cuando todo lo que vino después. En medio de esas tempestades el Grupo Encuentro supo sostener el timón y salir adelante a fuerza de tenacidad y convicción. Hoy, si ella tiene que decir qué se imagina, que desearía, dice que un mundo donde entren todos los mundos. “Conocemos la historia de cada chico que va al grupo y que sabemos que en muchas instancias están excluidos, el sueño es ese: que un día en el mundo quepan todos esos munditos, que estén considerados, vistos. Que no estén vulnerados sus derechos. Hay muchos pibes que no tienen casa, que no comen todos los días, que quedaron después de la pandemia excluidos de la escuela. Es un sueño lo que pienso para adelante: que todos puedan estar incluidos, no solo desde el discurso. Cada uno de nosotros trabaja todos los días para que esto sea posible”.

Esquinas de la solidaridad

En otra punta del territorio, en la provincia de Buenos Aires, Cecilia Rojas también sueña con un mundo mejor, y lo sueña con las manos puestas en hacerlo posible. Hace unos veinte años, en los turbulentos 2000, cuando las asambleas se reunían en cada esquina trazando un futuro, decidieron tomar con un grupo de vecinos el galpón que alguna vez había funcionado como mercado de provisiones alimenticias que hoy ocupan en el corazón de Mataderos. “Es un lugar que estaba cerrado y a punto de pasar a manos privadas a pesar de que era originalmente para los puesteros. Al principio fue bastante duro”, recuerda.

“En el 2002 nos empezamos a juntar con un grupo de vecinos y justo en esta esquina se formó la asamblea de Mataderos. Era una época muy revolucionaria, íbamos a cambiar el mundo”, sonríe. Fue en esos encuentros que uno de los vecinos trajo información sobre el lugar y las condiciones en las que estaba y ya en el 2003 comenzaron a juntarse como asamblea ahí mismo, ocupándolo posterior y definitivamente.

Hoy en lo que ya se conoce como el Centro Comunitario 7 Esquinas se llevan adelante en el espacio diversas actividades sociales, con familias que viven allí, el funcionamiento de un comedor, el armado de una escuela y el proyecto de una radio en camino. “Todo fue desde la práctica, nos hicimos cocineras cuando dijimos vamos a hacer un comedor porque la gente necesita, y ahí aprendimos. Después fuimos avanzando en distintas actividades”. Cecilia es militante de La Cámpora, y cuenta que eso también significó dar un paso más político. “Nos sentimos más protegidos”, dice.

Como a todos en el barrio la pandemia golpeó fuerte, pero a pesar de todo el desconocimiento del principio de la cuarentena ellos decidieron seguir cocinando creando los protocolos. El hambre no espera. “El gobierno de la ciudad no nos dio prácticamente nada extra para sostener un comedor explotado de gente y con mucho miedo de no saber cómo enfrentar esto”, repasa. Por esos días también recuerda “al estar tanto adentro tuvimos el tiempo de hacer un proyecto que salió en Punto de Cultura. Dijimos: vamos a hacer una escuela de verdad, pedimos el aporte y con esa plata la armamos. Es un enorme lugar, que funciona en el mismo comedor. También estamos armando una radio comunitaria, en cualquier memento nos llegan los equipos como corresponde”.

El gran termómetro de la situación, señala, es la gente que viene al comedor. “Cuando empezó la pandemia y la gente agotó su dinero teníamos una cantidad impresionante de personas. Después apareció el IFE y bajó un poco hasta que pasaron las fiestas, ahí volvió mucha gente. Ahora con la presencialidad en los colegios, que son de doble jornada, bajó nuevamente. Pero tenemos alrededor de 200 personas que vienen de afuera a comer y durante el día circulan muchas personas que vienen a la escuelita”.

Referente del lugar aunque diga que sus compañeros y compañeras son mejores que ella, Cecilia llegó desde Chile en el 86 “herida y agotada” en el marco de la cruenta dictadura que vivía el país hermano en manos del dictador Augusto Pinochet.

“Me encontré con un país que me gustó mucho y me fui quedando y reunifiqué a mi familia acá”. Tiene cinco hijos, dos de los cuales viven en Italia. “Al principio, durante la época menemista articulábamos con otros chilenos, había mucha represión en mi país”, recuerda. Después salió a las calles para oponerse al desastre de la década menemista y hoy, sigue andando, dando las batallas que hay que dar. “Hoy trato de hacer gimnasia por las mañanas, porque hay que sostener este cuerpo”, se ríe. “Después vuelvo al comedor para hacer las tareas hasta la noche, tenemos también reuniones, a veces me tengo que ir a alguna villa,  otras veces llegan los alimentos y me tengo que ir a un galpón a repartir. Ningún día es igual a otro”.

Compartilo en tus redes

Por: | Publicada: 11 de octubre, 2021 | Categoría: Especial, Vivir bien
Etiquetas: , .

Notas relacionadas

Volver a Inicio

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.