Leonor Benedetto no se anda con vueltas. Desde el escenario -donde interpreta a una jueza con deterioro cognitivo- hasta su Instagram ha decidido darle batalla a quienes siguen atados a recordar sus éxitos y amores y que parecen invisibilizar su presente activo, vital, comprometido. “Me pregunto si es porque no se espera demasiado de una mujer de mis años o porque provoca miedo la vejez”, reflexiona. 

Fotos Guido Piotrkowski

El 24 de octubre pasado la actriz Leonor Benedetto publicó en su cuenta de Instagram este escrito titulado “Para qué sirve una mujer de 80 años”:

A raíz de Perdidamente he sido solicitada para innumerables entrevistas y aquí la curiosidad: en todas, absolutamente en todas, se me ha homenajeado con lo que el periodismo considera, y lo agradezco, una especie de revisión de archivo de mis trabajos pasados. Los temas excluyentes han sido Rosa de lejos y mis eventuales relaciones sentimentales, la mayoría intrascendentes para mi historia de vida, pero elevadas a categoría de todo lo contrario por un periodismo, cuando menos, perezoso (…) a nadie le ha interesado mi presente a pesar de ser pública toda mi actividad y me pregunto si es porque no se espera demasiado de una mujer de mis años o porque provoca miedo la vejez.

Es que si bien es cierto que el capítulo mediático más resonante de Leonor Benedetto (sobre el que no le preguntaremos en esta entrevista) ocurrió en 1980 cuando protagonizó la telenovela que la catapultó a lo que hoy llama “un pico de fama salvaje” que tiempo después la llevaría a un exilio voluntario de una década en España, fue tan solo un mojón en su biografía.

El 30 de octubre pasado cayó domingo y al término de la función de Perdida Mente, la obra de José María Muscari que comparte con Ana María Picchio, Patricia Sosa, Rosario Ortega y Karina K en la que interpreta en clave tragicómica a una poderosa jueza diagnosticada con Alzheimer, sus compañeras le acercaron una torta por su cumpleaños 80 y le pidieron que dijera unas palabras.

“Empecé por disculparme con los hombres presentes porque advertí que solo le iba a hablar a las mujeres -cuenta la actriz a Quirón en un bar sobre la Avenida Corrientes- y básicamente les dije que se quedaran tranquilas, que no era tan terrible cumplir años, que había un devenir, si se lo proponían, muy auspicioso. Y una imbécil que estaba en la primera fila, como quien espera un momento de silencio para decir algo porque espera ser escuchada, dijo: ¡Sí, pero nos arrugamos!”.

¿Le contestaste?

—Sí, claro. Le dije que mientras el cerebro, porque veníamos de hacer la obra que habla sobre eso, estuviera terso, no había peligro. “¿Nos arrugamos?” ¿Cuál era la expectativa? ¿no arrugarse? ¿y en cambio qué? ¿el freezer? No entiendo. Y después le dediqué un escrito en Instagram titulado “La estúpida Clarisa”, porque decidí apodarla con ese nombre.

¿La idea de poner el foco en el cerebro de esa jueza más que en otra cosa fue parte de lo que te gustó de la propuesta de Muscari?

—Me gustó que si tenés un grado de inteligencia salís de la obra, por lo menos, pensando un poco. A mí me molesta hablar de nada tanto en el escenario como en la vida, así que lo que me fascinó de la obra son esos pasajes que tiene mi personaje que van de la locura  a la sabiduría. Que cada vez que conecta y habla con el público dice verdades científicas relacionadas con el cerebro. Eso me atrae enormemente porque tengo una especie de propuesta filosófica para la vida, para mi vida, y es que la ficción no existe, todo es realidad. O todo ficción. Pero está todo en el mismo plano y para construir los personajes saco de lo más profundo de mí donde habitan hasta los más detestables que pude haber hecho o haré.

Leonor Benedetto

¿Fue difícil encontrar un tono que no fuera solemne pero respetuoso para abordar una temática que suele ser tabú como el deterioro cognitivo?

—Una sola vez estuve en contacto con una persona con esa dolencia y lo único que saqué de ella fue el impudor. Lo demás, fue mezcla de intuición y otro poco de películas y esas cosas. Si te digo que me fui a un geriátrico estoy mintiendo. Y porque creo que es así, de la misma manera creo que la vejez no está en las arrugas sino en el movimiento del cuerpo.

Escribís mucho sobre la edad, ¿te sorprende el peso que tiene el paso del tiempo sobre todo para las mujeres?

—El otro día me dijeron “qué vitalidad, ¿qué se siente hacer esa exhibición de vitalidad sobre el escenario?” y dije “preguntale a Mick Jagger”. Tenemos la misma edad, él baila mucho más; después hay gente que me escribe para pedirme “que descanse”. En realidad me enoja todo eso. Digo: qué atrasados están, por favor. Y se me ocurre que los argentinos estamos más atrasados en eso todavía.  Yo tampoco quiero reivindicar la vejez, quiero que vivamos todos juntos y además la llamada “decadencia” o “fragilidad” está en todas las etapas de la vida. Cambian las necesidades, para qué necesitás al otro. Para mí todo tiene que ver con la idea que no entra en la mayoría de las personas de que somos un espiral de conocimiento donde todos nos necesitamos.

¿Creés que el movimiento feminista puede ayudar a modificar de a poco esa mirada sobre el rol de las mujeres en general y de las mujeres mayores en particular?

—Creo que si pensamos en las mujeres, la edad es lo menos grave de todo, el problema es que nos siguen matando. A mí cuando hay algo serio en juego y se dividen por ambiciones personales me dan ganas de vomitar. Lo que quieren no es el bien de la gente, quieren una cosa para sí pero nada más. Y corremos el riesgo de que al feminismo le esté pasando lo mismo. Por eso, desde mi lugar, decidí que lo mío iba a ser elegir trabajos que pudieran modificar la conciencia. Por eso, además de la  obra, establecí una especie de norma: los domingos escribo en Instagram y muchos me dicen que lo están esperando, que saben que no soy complaciente pero que no ofendo al pedo.

 

¿El paso del tiempo modificó los criterios que tenés al momento de elegir (o no) los trabajos?

—Sí, pero sobre todo porque cuando era joven tenía que hacer lo que viniera porque había que ganar guita.

No había posibilidad de elegir…

—Claro, había que hacer y sin el menor pudor ni temor porque tampoco había nada en juego, no había una especie de respeto artístico ni trayectoria. No había nada y menos guita. Entonces había que laburar. Yo tuve a mi hija en tercer año del Conservatorio, la olla había que pararla y lo que viniera era el mejor trabajo del mundo así fuera una película con Porcel, con perdón de la palabra, que la hice, y cada vez que la pasan por Canal Volver deseo que se corte la luz en todo el país para que nadie vea esa mierda.

¿En qué momento empezaste a elegir?

Cuando hubo resto en el banco, claramente. Pude empezar a elegir, que es lo que nos define como personas. Si cuando podés no elegís, te empezás a alejar de la posibilidad de evolucionar. Por eso, cuando la guita dejó de ponerme nerviosa y me atravesó la certeza de que la plata para vivir nunca me iba a faltar, empecé a elegir. Y después, si de algo me sirvió ese pico salvaje de fama que tuve con Rosa de Lejos, del que estoy muy agradecida, es que yo tenía que llegar ahí para darme cuenta que eso no era. Ahí apareció mi abuela que me dijo: “No traicione hija, porque cuando uno traiciona todos pierden”.

¿A qué se refería?

Supongo que a la traición hacia uno mismo. Y en medio de la vorágine de la fama estaba haciendo lo que querían los demás. Creo que salvo ser equilibrista en un circo me ofrecieron todo, ¡hasta grabé un disco! (se ríe)

¿Qué proyectos tenés además de la obra (que frena a mediados de diciembre y retoma en enero)?

—En principio estoy con un proyecto para la TV Pública del que todavía no puedo adelantar mucho. Después, durante la pandemia empecé a elaborar algo para hacer que por ahora lo imagino como un monólogo a partir de una especie de patchwork de recortes de notas periodísticas que fui coleccionando de todo el mundo. Tengo como 300 y están en mi computadora. No tienen una temática puntual y lo imagino bien elemental: alguien que toque un instrumento, por ejemplo un violín, los dos con una vincha de minero, con la luz, y hacerlo en en la calle para la gente, porque en estos años la sensacion mas fuerte de las personas es que le han quitado cosas: la vida, los parientes, la cercanía, el contacto, el sexo, el trabajo. A todo el mundo le falta algo.

 

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Por: | Publicada: 9 de diciembre, 2021 | Categoría: Entrevistas
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