Norma Castillo quiere regar el camino con palabras para “abrir cabezas”. Nacida en una generación para la cual la heterosexualidad parecía ser la única forma de relacionarse, cuando cumplió 35 se descubrió lesbiana. Con Cachita fueron la primera pareja de mujeres en casarse en la Argentina. De represión y mandatos habla en esta nota, donde cuenta una historia de dolor, amor y militancia que pronto tendrá forma de libro. 

Norma se descubrió lesbiana cuando tenía 35 y ya llevaba varios años casada con un varón. Fotos Zahira Rivero Norte

Vive apaciblemente en un departamento del barrio porteño de Almagro tras haber atravesado la zozobra de un desalojo en plena pandemia. Pero eso ya pasó y disfruta de sus días cubiertos entre la pintura, la lectura y la finalización de su libro. Con todo, siempre tiene tiempo para participar de alguna acción comunitaria o de volver a contar su historia, como está haciendo en este momento con Quirón.

Como al pasar, cuenta que el departamento que ahora alquila a un precio accesible y que le gestionaron desde la organización “Sueño de Mariposas”, pertenecía a la tía de una joven activista de esta organización que “nunca pudo salir del closet”. “En este departamento donde estoy yo ahora vivió hasta su muerte una lesbiana escondida y ahora me toca vivir también a mí quizás mi última etapa. Ha sido una coincidencia muy buena y reparadora porque Cachita y yo pasamos lo que ella pasó y que nos representa un poco a todas”, dice. Cachita es su amada Ramona Arévalo. Juntas conformaron en 2010 la primera pareja de mujeres en contraer matrimonio legal en Argentina cuando ambas tenían 68 años.

Norma se descubrió lesbiana cuando tenía 35 y ya llevaba varios años casada con un varón. Dice que ahora les jóvenes tienen todo solucionado y viven su sexualidad como la sienten, sin problemas, porque “el amor homosexual está naturalizado, pero el que no lo estuvo ni lo estará es el de los viejos. Para nosotros sigue siendo difícil salir del closet. Espero que se empiecen a dar los gustos porque en nuestra sociedad hay mujeres castradas desde los 7 años. A nosotras no nos cortaron el clítoris, pero nos castraron por la oreja”, reflexiona con contundencia.

Para muestra basta un botón: Norma estudiaba la Licenciatura en Biología en la Universidad de La Plata y las clases de anatomía las compartía con estudiantes de diferentes carreras de la Facultad de Medicina. “Vimos miles de órganos, músculos, huesos e incluso hubo un ayudante, muy ‘gracioso’, que agarró un preparado y apretó la vejiga (de un cadáver femenino) con la mano para mostrar como salía por el meato urinario. ¿Vos te crees que nombró el clítoris, que está ahí pegadito? Vimos con detalle penes, testículos, vagina pero nada del clítoris. Yo no oía esa palabra cuando era chica pero tampoco cuando fui a la facultad y creo que estaba vedada porque es el órgano que representa el poder sexual de la mujer”.

Tiene otra historia que muestra el menosprecio al placer de la mujeres, o más específicamente su criminalización. Eran los tiempos de cuando era todavía una niña y vivía en su Goya natal. “Recuerdo que la empleada de mi abuela hablaba con la de la vecina y contaban cómo durante la noche de bodas un novio recién casado le tocó la puerta a los padres de la chica; cuando le abrieron, tiró a la mujer dentro de la casa diciendo: Tomen, esta es una puta. ¿Qué había pasado? Que la mujer le había demostrado placer al marido, imagínate hasta dónde llegaba la castración”.

Norma nació -dice- de pura suerte, gracias a que “hubo un médico que mandó al carajo el mandato divino, agarró los fórceps y me sacó”. Seis años más tarde, un hermanito suyo murió dentro de la panza a falta de una cirugía y “por esperar a que nazca, como se mandaba en esa época en que no te hacían una cesárea ni en pedo”.

“Yo era una niña y hasta el día de hoy me acuerdo del espanto que sentí y lo que yo sufrí imaginándome a mi hermano ahogándose adentro de mi mamá; por eso cuando a los 9 años iba a nacer mi hermana, no había quién me separara de la barriga de mi vieja. Hoy pienso que estoy hablando con vos porque tuve suerte y a esa suerte que tuve me aferré siempre para seguir viviendo”, confiesa.

Ya tenía 35 cuando descubrió su orientación sexual. Lo recuerda siempre porque “es la prueba de cómo te manipulan la cabeza” desde niña para “ir moldéandola por medio de la palabra y a riesgo de que después un ser humano se pueda transformar en un kamikaze total”.

“A mí me hicieron creer que yo era o sentía cosas que yo no era, ni sentía para nada. Y como toda persona tapada, era una homofóbica total hasta que vi la luz en un nanosegundo, cuando una amiga me abrazó en la despedida rumbo al exilio y me dijo vos me querés a mí. Entonces no vi más nada y comencé a sentir un deseo infinitamente grande de enamorarme de una mujer”.

Para cuando estuvo sentada en el tren junto a su marido rumbo a Colombia “ya era torta”. Comprender eso hizo que empezara a disimular y a sentirse aterrorizada porque sabía muy bien lo que significaba ser lesbiana a una sociedad con tantas personas homofóbicas como ella misma lo había sido. A esa amiga de la despedida que, al reecontrarla más de 10 años después dijo no recordar el episodio, “le voy a agradecer toda la vida por haberme despertado porque me podría haber muerto viviendo una mentira”.

“Al principio me sentía tan mal que pensé en tirarme al océano Pacífico, porque estaba casada –cosa que nunca quise hacer- con un hombre, Julio, que más allá de todo era muy bueno y con el que estuve hasta que se murió. Pero entonces decidí que me iba a tomar el derecho que tienen ellos de tener amantes, porque lo que yo estaba sintiendo era una cosa maravillosa y no me iba a morir sin vivirlo”, recuerda.

A Norma le gusta decir que con Cachita se conocieron dos veces.

Norma y Cachita se casaron el 9 de abril de 2010 para coronar 31 años de amor

La primera vez fue en 1971, cuando Cachita y su marido –que era primo del marido de Norma-, pasaron por su casa de La Plata a despedirse porque habían dejado Montevideo y se iban a vivir a Colombia. “Yo en ese momento creía firmemente que era heterosexual y tenía mi cabeza tan cerrada, que si alguien me hubiera dicho que me iba a enamorar de esa mujer y hasta casarme con ella, me habría desmayado porque estaba en el apogeo de mi falsa heterosexualidad”.

La segunda vez en que las dos mujeres volvieron a encontrarse fue a los siete años de aquel primer encuentro, cuando Norma y su esposo llegaron a la localidad colombiana de Pivijay, escapando de la dictadura argentina que ya la había tenido a ella un par de meses detenida en La Plata.

“Yo ya llegaba con el chip cambiado, con lo viejo ya afuera y ella estaba en eso, porque en su caso se había casado para escapar de las palizas de su abuela. Nos hicimos amigas y así estuvimos dos años pero nos fuimos enamorando y un día tuvo que salir a la luz, con todos los problemas que se vendrían”.

Cachita ya estaba separada, pero Norma -que le hubiera gustado hacer lo mismo- estaba con su marido muy enfermo. Sintió que no podía hacerlo. “Así que yo dividí mi tiempo entre Julio y Cachita”. Tres años después, el marido de Norma murió y “cuando fuimos libres, nos fuimos a vivir a Barranquilla, donde Cachita tenía una cerrajería y yo era directora de la Casa de la Cultura”. Juntas, además, montaron una discoteca gay.

Volvieron a Argentina en 1998 y 10 años después aceptaron el ofrecimiento de la Federación Argentina LGBT de patrocinarlas legalmente para intentar casarse por la vía judicial que habían abierto ya Alex Freyre y José Di Bello.

Respecto de su casamiento celebrado finalmente el 9 de abril de 2010 para coronar 31 años de amor, Norma destaca hoy la “buena jugada” de la Federación al propiciar que fueran ellas, dos adultas mayores, las protagonistas del primer matrimonio de mujeres de Argentina y Latinoamérica.

“Recuerdo que la jueza cuando nos llamó a firmar, preguntó: ¿dónde están las chicas?, porque no sabía que éramos dos viejas, y cuando se informó a la prensa a último minuto, yo pensé que no había peligro porque a nosotras no tenían de qué acusarnos, ya que según la sociedad los viejos no tenemos sexualidad, así que estaba prescripto el delito” dice en relación a las dificultades que había tenido que atravesar la primera pareja de varones en diciembre de 2009, aun con el fallo en la mano.

Con esta vida vivida, Norma asegura que les están dejando a las más jóvenes la posibilidad “de tomarse el permiso de hacer el amor y de disfrutar de un orgasmo tengan los años que tengan; algo tan preciado que supuestamente se perdía en la vejez porque a nosotras nos decían que con la menopausia se termina el deseo”.

Norma ya tiene el nombre del libro en etapa de borrador y trata sobre su historia con Cachita. Foto Zahora Rivero Norte

“Te voy a contar algo que no sé si ya te conté, pero por las dudas te lo cuento. Perdoname pero yo estoy aprovechando para regar mi palabra, que es lo último que voy a hacer antes de irme”, dice mientras la charla se prolonga y va desgranando historias. La nueva anécdota tiene apenas unos 11 años y habla de lleno, otra vez, de la inseguridad y el temor que genera en algunos hombres el placer sexual femenino que prescinde de un pene.

“A los pocos días de habernos casado, estábamos con unos amigos y vino el novio de una chica y me pregunta si me puede hacer una pregunta delicada. Como le dije que sí, me dice: ¿cómo hacen ustedes para tener satisfacción sexual si no tienen con qué? Me quedé muda por un segundo y le dije: te voy a bajar de un tiro tu argumento solo con decirte que las únicas personas que tienen un órgano solo para el placer sexual somos nosotras las mujeres”. Y el que se quedó mudo fue él.

Norma ya tiene el nombre del libro en etapa de borrador y que trata sobre su historia con Cachita “desde nuestro nacimiento hasta nuestro casamiento. Se va a llamar El sendero oculto o El hilo de Ariadna, que hace referencia al camino verdadero que teníamos Cachita y yo pero que tuvimos que ir descubriendo; pero también habla de lo que viven muchas mujeres en el mundo”.

La muerte de Cachita en 2018 y tras 40 años de amor fue un duro golpe para Norma del que le cuesta terminar de reponerse. “Para seguir viviendo sin ella y transitar el dolor que siento por no tenerla, me aferro a la idea de la suerte que tuve en mi nacimiento y a la tarea que me he dado de aquí hasta que me vaya, que es la de abrir cabezas”.

 

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Por: | Publicada: 7 de septiembre, 2021 | Categoría: Corporalidades
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