¿Por qué algunas mujeres por obra y gracia de la edad se convierten en abuelas? ¿Y por qué otras, cuyos perfiles parecen no responder a lo que la sociedad les endilga a las personas mayores, escapan del mote? Soledad Silveyra, Ana María Picchio, Luisa Valenzuela, Victoria Tolosa Paz y Liliana Hendel, todas ellas con su nietada real, reflexionan sobre estos clishés cargados de prejuicios.

Liliana Hendel es la secretaria de Género de La Matanza y la "bobe" únicamente para Helena, Julia, Manuel, Almendra, Río y Bruno.

Liliana Hendel es la secretaria de Género de La Matanza y la “bobe” únicamente para Helena, Julia, Manuel, Almendra, Río y Bruno.

La numerosa nietada de Victoria Tolosa Paz fue como un sopapo al prejuicio. A los 48 años, lejos aún de los 60 años que es lo que se considera la entrada a la vejez, la candidata a diputada vino a tirar un muro de mitos en torno al abuelazgo, un rol que para cumplir es condición necesaria –y debería decirse indiscutible– tener descendencia sanguínea o del corazón.

Sin embargo, lo que ocurrió es una avalancha de posteos de asombro. Sin duda 16 nietas y nietos es un número singular, pero lo que en verdad ocurrió con esa noticia es que la mayoría de las personas no esperan que una mujer a los cuarentipico sea abuela. Porque, se sabe, las abuelas son las viejas que hacen fila para cobrar la jubilación o que andan con bastón y rodete. Clishés y más clishés a las que nos acostumbran los medios de comunicación.

“La lógica de ese clishé es la misma por la que a nadie se le ocurriría hablar del abuelo Borges o de la abuela Mirtha Legrand”, desafía Ricardo Iacub, psicólogo especializado en vejeces. Y sigue desafiando cuando asegura que “hay una línea que tiene que ver con lo estético y el prestigio que impide la proyección del término abuela o abuelo”.

Liliana Hendel es periodista, psicóloga y actual secretaria de Mujeres, Políticas de Género y Diversidades de La Matanza pero para sus 6 nietes (y uno en camino) es la “bobe Lili” a secas. “Fui abuela por primera vez a los 54 años y cuando mi nieta mayor, que está cumpliendo 15, me llamó bobe por primera vez me emocioné tanto como ahora que lo cuento: pensé en mi mamá, mis abuelas y me sentí eslabón de una cadena hermosa de mujeres madres”, dice Hendel a Quirón.

Tiene 69 años y a nadie se le ocurre llamarla abuela ni por la calle ni en los estudios de televisión. Ella es la bobe únicamente para Helena, Julia, Manuel, Almendra, Río y Bruno. “Soy una mujer, no solo muy activa sino deseante en todo lo que la potencia del deseo implica: curiosidad, necesidad de aprender, de buscar, de divertirme, de estar con amigos y, por supuesto, de mantener activa la sexualidad. Entonces ese estereotipo de vejez que la cultura instala nada tiene que ver con esta abuela dichosa que yo soy”, apunta.

Gaspar y su abuela Luisa Valenzuela, que no entiende por qué deben referirse a las personas por su ubicación en la línea de parentesco.

Gaspar y su abuela Luisa Valenzuela, que no entiende por qué deben referirse a las personas por su ubicación en la línea de parentesco.

“Se niega la sexualidad y genitalidad de las personas mayores y, en ese sentido, las abuelas que no damos con ese estereotipo también venimos a señalar la falacia de esa construcción que pega sobre las mujeres: hay abuelitos picarones, hay actores abuelitos picarones, algunos que se animan a las paternidades y, sin embargo, las abuelitas picaronas rápidamente son catalogadas de trolas, locas, ninfómanas. Yo creo que la única que se salva debe ser Moria Casán”.

En efecto, “la One”, que a sus 75 años se conserva en el imaginario como un tótem sexual argentino, solo aparece asociada con la palabra “abuela” cuando la noticia involucra a Elena y Dante, los hijos de Sofía Gala. Moria es vedette, empresaria, diva, actriz. Pero nunca abuela.

Sobre eso, la escritora Luisa Valenzuela se pregunta: “¿Desde cuándo deben referirse, ni los medios ni nadie, a la gente por su ubicación en la línea de parentesco? Al respecto algunos dicen mamacita, pero aluden a otra cosa. Una es abuela por procuración, aunque después ejercer la abuelez tiene su gracia y sus responsabilidades. Abuela te hacen; en cambio una sola se hace escritora, o periodista, o actriz, o lavandera o costurera o el oficio que elijas o te elija. Hasta ama de casa. Hay que merecerlo”.

Por eso, la autora de El Mañana y Cuidado con el tigre entre más de 60 títulos o Nina –para sus nietes Gaspar y Rafaela– apunta que “las únicas dignas de ser llamadas abuelas son las de Plaza de Mayo: ellas sí que son abuelas. Nosotras podemos serlo de corazón, amar al nietaje con toda el alma, pero nuestro mérito en ese rubro –de haber alguno– es por delegación”.

Aguda, Valenzuela percibe el término abuela como “un alfiler que nos clava a la pared. La pared etárea, esa antigualla” y cuenta que como ya no viaja en transporte público se salvó de que algún comedido al cederle el asiento le diga abuela, siéntese acá. “Bastante desconcertada me sentí como a los 50 cuando empezaron a llamarme señora. Ah, sí, mis nietes de entrada me llamaron Nina, porque Gaspar de muy chiquito no podía pronunciar Petitina que era mi nick de entonces. Ahora el muy grandulón se toma la revancha y me dice abuelita. Yo para no ser menos le digo nietito, desatendiendo no solo su paternidad sino sobre todo su metro noventicuatro de estatura. Así va la cosa”.

La prole “inesperada”

La nietada de Tolosa Paz hace algunos años. Ahora son una multitud de 16.

La nietada de Tolosa Paz hace algunos años. Ahora son una multitud de 16.

“Me siento profundamente abuela: no hay edad para ese sentimiento y la sociedad tiene que acostumbrarse”, dice Tolosa Paz a Quirón.

Es madre de cuatro hijes pero su debut como abuela llegó de la mano de su segundo marido, Enrique “Pepe” Albistur, padre de siete y abuelo de dos (Maceo y Lucio) que ya habían nacido cuando se conocieron. “Después vino la seguidilla de 14 enanos –se ríe– Iñaki, Bautista, Benjamín, Joaquina, Jazmín, Blas, Jaime, Pedro, Francisco, Juana, Lola, Ramón, Joaquín y Ulises”.

Tras enumerar sin repetir a toda la prole, Tolosa Paz cuenta todo lo que disfruta cuando se convierte en “abuela Titi”: salidas a la plaza, vacaciones, castillos de arena, caminar, pasear perros, andar en bici, en monopatín, jugar al estanciero, a las cartas y la generala. “Está bueno que empecemos a reivindicar el rol de la abuela y pensar al mismo tiempo que nos queda mucho para dar. Hay una construcción que no se corresponde con lo que pasa hoy, que veo cada vez más abuelas jóvenes porque fuimos madres jóvenes y nos transformamos en abuelas en una edad donde estás en la plenitud de la vida”, piensa la candidata del Frente de Todos.

“Nos manejamos con representaciones y a través de estas mujeres uno puede ver cómo la vejez se estereotipa. Todas estas mujeres que “no” parecen abuelas nos terminan mostrando todo eso que nosotros creemos que son los abuelos. A esto se suma una cuestión social –sigue Iacub– que en sus clases del Posgrado de Tercera Edad en la UBA presenta dos imágenes: una viejita con cara de buena y el pelo blanco y otra que es una mujer, que claramente tiene más edad que la otra, pero con turbante, aros y ropa a la moda. Cuando les pregunta a sus estudiantes cómo nombrarían a estas mujeres si entraran al consultorio, la respuesta es tan obvia como el clishé: “A la viejita de pelo blanco le dirían abuela y a la otra, señora”.

Iacub habla de las intersecciones que se cruzan para armar el estereotipo: perspectiva de género, clase social y edad, “que se conjugan como para poder pensar qué tipo de representaciones construimos. Y –esto es importante decirlo– de qué tipo de construcciones inconscientemente partimos; porque no es que lo hacemos de jodidos sino que hay cosas que nos salen y cosas que no nos salen: como asociar vejez y declive pero no niñez y declive; como asociar desarrollo y niñez, pero no desarrollo y vejez”.

Tatita y Nona

“Me hicieron abuela a los 36 años. Lo que quería de mi abuelazgo, además de disfrutarlo, era hacerle un homenaje a mi abuelo al que le decía Tata y hoy me dicen Tatita. No me preocupaba la palabra abuela, me importaba el homenaje a él que fue el único hombre que me cuidó de niña”, dice la actriz Soledad Silveyra, que tiene una nietada de cinco: la mayor de 12 y el más pequeño de 4.

Para la actriz que está haciendo a sala llena con Verónica Llinás la obra de teatro “Dos locas de remate”, el estereotipo parte de pensar en esa mujer mayor que cocina para la familia, que está en las tareas del hogar, que teje y su rol parece estar al servicio de cuidar a nietas y nietos. “El abuelazgo está culturalmente metido ahí”, dice y enseguida reivindica a estas mujeres, las “respeto horrores, las amo pero yo soy distinta. Soy autosuficiente. Adoro ser abuela, es un valor agregado para mí como mujer, disfruto mucho de mis nietos, tanto que estoy armando un viaje a Villa La Angostura. Es el mejor momento de mi vida. Casi que no extraño al hombre. Casi”.

A Soledad Silveyra la llaman Tatita; Lili Hendel es la bobe y Ana María Picchio es la nona, acaso el apodo más popular entre las familias argentinas y también el que puede llevar al paroxismo el estereotipo: “Estás hecha una nona” , “Nona, te falta el bastón”, se escucha cuando se quiere hacer notar que una ya no está para determinados trotes.

“En el colegio les decían a los chicos tu nona no tiene bastón ni pelo blanco”, dice Picchio al hablar de su nietaje, que incluye a Juana de 18 y a los mellizos José y Homero, de 12. “Me dicen nona con tonito y me matan. Daría la vida por ellos”, cuenta por teléfono a Quirón con un amor que sale por el otro lado de la línea. Tiene muchos viajes compartidos, pero el que trae al recuerdo para esta entrevista es el que hizo con Juana por Europa. “Le mostré los museos, las pinturas, cosas que a mí me encantaban y ella entendía todo. Es culta. Leyó Hamlet a los 9 y no paró de leer”.

La actriz que este 22 de septiembre estrenará en el Multiteatro “Perdidamente”, una obra de José María Muscari y Mariela Asensio, piensa que ese “abuela genérico” es como un sinónimo para los demás de que “estás vieja, de que tu palabra o tu presencia es la de a ver abuela, correte; vos no hagas fuerza, de sacarte de circulación. Yo contesto como contestó el padre de Messi: Es la vida. A mí me da mucha pena esa forma de pensar”.

Esa forma de pensar es una trama de estereotipos muy interiorizados con la que las personas responden a las expectativas de rol: qué se espera de una mujer mayor. Y, claramente, ninguna de estas mujeres protagonistas de esta nota –y otras decenas de miles– representan eso que en el imaginario se “espera” de una vieja.

—¿Cómo salimos de esta trampa? —pregunta Quirón a Iacub.

—Con notas como estas que confronten a las personas con el estereotipo. Y en este sentido, la confrontación con imágenes es muy poderosa. Zajonc propuso el efecto de la “mera exposición” que dice que la forma de poder modificar las representaciones es imprimiendo más imágenes. Por ejemplo, lo que nos pasaba antes cuando veíamos a dos varones en el cine dándose un beso. Siempre recuerdo cuando vi La ley del deseo, que yo –viniendo de la cuestión gay– también sufrí el impacto; ahora ya no impacta. ¿Por qué? porque repitieron y repitieron estas imágenes hasta que dejaron de impactar: se imprimió.

Entonces lo que falta para derribar este estereotipo de las vejeces es esa impresión que tiene que venir de la mano de un discurso que lo viabilice, que sea positivo, benevolente, abierto y poderoso. De esta manera, las cosas pueden modificarse y las personas pueden aprender a mirar una imagen distinta. En realidad, lo que realmente es: la vejez como una etapa de la vida llena de oportunidades, en la que el abuelazgo es un rol que puede cumplirse, pero también no cumplirse; desearse, pero también no desearse.

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Por: , | Publicada: 14 de septiembre, 2021 | Categoría: Especial, Vivir bien
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