Para algunas personas, es la letra bárbara. Para una mayoría cada vez más notoria, una forma de echar luz sobre lo que hasta ahora estaba innombrado. Lo cierto es que desde los años 50, hay muchos y muchas buscándole la vuelta al lenguaje y tratando de hacerle ole a la monárquica RAE.

El protagonismo que en los últimos tres años han adquirido la morfología, las palabras, los modos de expresión, puso en debate un área de desarrollo, la del lenguaje, cuyo foco de interés, hasta ese momento, se circunscribía al ámbito escolar o al académico. Y fue así que mientras en el 2018, durante los debates por la ley de interrupción voluntaria del embarazo, se hablaba de derechos, se ponía énfasis en los términos considerados indispensables para distinguirlos. En algunos casos, las discusiones se dieron con una vehemencia inusual para estas temáticas.

Apareció entonces la necesidad de nombrar a todas las personas en sus diferentes circunstancias. Y entre enojos, burlas y también expresiones empáticas, la duda sobre cómo decir sin invisibilizar ni estigmatizar comenzó a recorrer las mentes, las voces y los teclados. Se trataba de explicarles a quienes no querían siquiera detenerse a reflexionar que las sociedades se transforman y que transitar esos desafíos en la búsqueda de un mundo más justo es, siempre, alentador.

Un océano de por medio

Acompañaron con la mirada y el oído atento las viejenials, esas ancestras que enseñaron a las siguientes generaciones a luchar en ámbitos como la política, el trabajo y también las casas: Ni dios, ni patrón ni marido, tal el lema del diario comunista La Voz de la Mujer.

Adolescentes militantes por la equidad de género expresaron con desparpajo que no les interesaba lo que una institución inflexible, lejana y monárquica como la Real Academia Española -RAE- opinara sobre sus intervenciones en el lenguaje; el fin era demostrar las invisibilizaciones cotidianas a mujeres y diversidades de género.

No se trataba de le mer estebe serene, como esa canción de la niñez en la que se jugaba con las vocales. Esto era otra cosa, y muy seria. Las niñas, las jóvenes y los colectivos LGTBIQ+ venían a decir que querían ser presidentas y no sirvientas, no porque consideraran jerarquías en profesiones ni en personas, sino que el objetivo estaba en abrir el campo de posibilidades para salirse de los roles asignados en cuanto a las tareas de cuidado y el mandato de la pasividad.

El camino había empezado a recorrerse tiempo antes. Ya en los 70 quienes investigaban estos temas decían frente al uso del masculino para las generalizaciones, los plurales y la descripción de actividades que requerían más competencias del intelecto, que parecía que todo individuo era varón al menos hasta que se demostrara lo contrario. Al tiempo que, científicamente, se comprobaba que la reacción de las personas variaba según el género que se usase al dirigirse a ellas, lo que especialmente se experimentó en los avisos clasificados en relación a la concurrencia de quienes se visualizaban como población destino de esos mensajes.

Hubo varios intentos en la búsqueda por incluir. El desdoblamiento de palabras en femenino y masculino –señoras y señores- que traía aparejado que las oraciones se hicieran extensas; la utilización de una barra –todos/as- que no servía para el lenguaje oral; el uso de un sustantivo colectivo para identificar grupos más allá de los géneros –ciudadanía- que no siempre existía como posibilidad; la arroba, que tuvo la crítica de parecer una a encerrada en una o –mé[email protected]; y la equis -enfermerxs- que presentaba la dificultad para pronunciarla.

X,@,E

En los primeros tiempos, todo parecía quedar en el ámbito de la academia y de algunos sectores especialmente interesados. Hasta que las adolescencias y juventudes irrumpieron con sus las, los, les chicas, chicos, chiques, y no porque desconocieran las reglas de formación de palabras sino, todo lo contrario, sabían usar las normas y querían ponerlas en juego para patear el tablero de los mandatos sexistas. Apareció entonces la e como una tercera letra para cerrar la disputa entre expresiones de género finalizadas en a o en o. Todas, todos y todes.

Quienes vieron amenazados sus privilegios, no solo en lo discursivo sino para disponer a su arbitrio de los espacios de poder, respondieron con violencia, muchas veces disfrazada de subestimación. Y mientras parte de la población se enfurecía, no había diccionarios capaces de detener la marea feminista y la de las diversidades de género. Así, las juventudes, con el orgullo de sus pañuelos verdes, explicaron a periodistas que pretendían burlarse frente a la fuerza de sus argumentos, que ya nada volvería a ser como antes.

Lenguaje y confusión, repetiría un dicho de los feminismos, tal sucede frente a cada cuestión que desafía el statu quo y deja atónita a una parte de la sociedad. Así como antes lo habían hecho las ancestras, con sarcasmos, valentía y también dudas e inseguridades. Ahora se popularizaban teorías que en los años 50 se presentaban como hipótesis y que venían de la mano de pensadores como Sapir-Whorf sobre que la lengua ‘determinaba’ la manera de entender y construir el mundo o, por lo menos, modelaba los pensamientos y acciones. Y luego con más fuerza en los 70, cuando se alegaba que a través del lenguaje no se daban las mismas oportunidades a personas y diversidades sexo-genéricas con respecto a los hombres.

La inquietud no surgió solo en estas tierras. En varias regiones del mundo se fue analizando el valor generativo del lenguaje y la necesidad de mostrar a la sociedad tal cual está conformada. La Universidad de Harvard, reconocida institución educativa de Estados Unidos, incluyó en sus formularios de matrícula la frase: “Feel free to pick a pronoun on this form” –siéntase libre de elegir su pronombre para completar el formulario: He. She. Ze. E. They. A su vez, el tradicional diccionario Merrian-Webster incorporó el término latinx como alternativa para hablantes de inglés americano, con el fin de escapar al binarismo o/a.

Todas las voces

Y mientras se acusa a quienes usan la a, la o, la e -y luego también la i con les pibis– de no contemplar otras formas de inclusión como la incorporación del sistema braille o de la lengua de señas, ese interés que, obviamente, es genuino, debería ser planteado frente a distintos niveles de decisión. Lo que es cierto, es que una comunicación inclusiva debe considerar lo que explican las guías sobre discapacidad para aprender cómo las personas desean no solo ser nombradas sino también tratadas.

El lenguaje no es neutral y esos corrimientos de sentido se ven reflejados en manuales que desde distintas áreas de trabajo –universidades, instituciones bancarias, dependencias públicas y otras- se han difundido para pensar en un idioma que no lastime ni invisibilice. Ya se dejan de lado términos como cosita, bebé y todos los diminutivos con lo que históricamente se infantilizó a las mujeres y que pretendía subvalorar sus capacidades.

También el uso del color negro en circunstancias asociadas a lo irregular, desagradable o doloroso fue puesto en cuestión como demanda de personas afrodescendientes, orgullosas de su etnia, que solicitaron la revisión de expresiones que consideraban discriminatorias.

Actualmente y, tras el recorrido, algo queda muy claro: no es un tema de rebeldías inconscientes, es una herramienta para expresar que aquello que se llama genérico solo produce ambigüedades y exclusiones. ¿Quién no ha leído una nota de una institución educativa encabezada: “Señores padres los invitamos a la reunión…” y después, al concurrir, vio que solo había mujeres o personas con cuerpos feminizados y quizás algún varón pero solo como excepción mientras ellas eran las omnipresentes? ¿Qué nos dice la perspectiva inclusiva, entonces?, que se puede dirigir el mensaje a las familias, en forma extensiva, ya sea la de sangre o la elegida, para que concurra a la escuela aquella persona que esté conectada con la educación de las respectivas infancias.

El futuro está aquí

En un buzo de estudiantes de secundario que estaban por terminar esa etapa escolar, la inscripción con que se identificaban no decía egresados o egresadas, ni usaban equis, arrobas, desdoblamientos y barras, habían encontrado la opción a través de la conjugación verbal: Egresamos. Esa conciencia metalingüística viene a dejar en claro que no se trata de desconocimientos sino, por el contrario, de usar lo aprendido y modificarlo para militar por derechos.

La discusión no está cerrada. Éste no debería ser un asunto de grietas. Se trata de pensar la forma de no herir con las palabras y de escuchar cómo quieren ser nombradas las personas según sus autopercepciones. Con ese fin, se vuelve imprescindible cuestionar lo naturalizado en el lenguaje para reaprender en tiempos que facilitan esos procesos.

Lo que sí es seguro es que, aunque no se hayan nombrado en la dimensión de sus desarrollos y capacidades, las mujeres y las diversidades sexo-genéricas existen y que, si bien históricamente se ha pretendido su invisibilización, en ese hilo conductor entre ancestras y ancestres y las nuevas generaciones, se va pasando el testimonio, como en las postas. Hay momentos en la historia que son hitos que denotan que no habrá vuelta atrás. La discusión por el lenguaje inclusivo es uno de ellos.

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Por: | Publicada: 7 de septiembre, 2021 | Categoría: Desde casa
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  1. Johanna 8 septiembre 2021 at 16:17 - Reply

    Excelente nota!

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