Con un video que interpeló a la marea plateada, Gabriela Cerruti decidió poner en palabras aquello que estaba oculto por la madeja del prejuicio: que la vejez se vive a pleno. Quirón comparte fragmentos de su libro, La revolución de las Viejas, que habla de cosas urgentes a las que las mujeres ya no estamos dispuestas a resignar.

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La Revolución de las Viejas – Editorial Planeta

Ese día me miré al espejo y ya no estaba. Me había vuelto invisible. Irrelevante.
No tenía que salir a trabajar. Nada ni nadie me apuraba. Nada ni nadie me esperaba.
Podía salir, o quedarme. Daba igual.
El mundo estaba hecho para los que corrían apurados. Y yo ya caminaba lento.
Todo era una gran invitación a no molestar. A sentarme a mirar por la ventana y esperar el final.
Pero era el principio.

Ya cumplí cincuenta y cuatro, estoy bien, ponele, o sea. Me levanto a la mañana más arrugada. Tengo algunos dolores de rodillas, estoy menopáusica… bah, ya pasé la menopausia. Tomo calcio. Tengo cincuenta y cuatro: esto significa que dentro de ¿cuánto, de seis? ya voy a pasar a ser lo que se considera en la sociedad una adulta mayor. Diciéndolo claramente y pronto, lo que voy a pasar a ser es una vieja. ¿Okey?
Entonces cuando uno empieza a pensar que cada vez que oímos hablar de viejas en la televisión, en lo público, aun en las políticas públicas, de lo que oímos hablar es de jubilación, de plata, de remedios. Yo creo que voy a vivir treinta años más, ojalá, digamos. Porque ahora la calidad de vida se extendió; no la calidad de vida, la cantidad de vida. Entonces, la vejez de pronto está pasando a ser casi la etapa más larga de la vida. ¿Cuánto tiempo somos jóvenes, cuánto tiempo somos niños, cuánto tiempo somos adolescentes? Bueno, viejos vamos a ser treinta, cuarenta años.
¿Alguien está pensando cómo vamos a hacer para ser felices esos treinta o cuarenta años?
Yo lo que quiero son políticas que pensemos para la vejez, para nosotras, para las que vamos a ser viejas dentro de muy poquito, con las que empecemos a pensar cómo hacemos para ser felices esos años que nos quedan. Y para eso hay que pensar lugares de encuentro, lugares de salidas; hay que pensar de qué manera nos vamos a convertir en aquello que quisimos ser toda la vida, porque además somos de una generación que llega a la vejez con una cantidad de expectativas y de sueños. Algunos obviamente ya los cumplimos, pero muchos, muchísimos, todavía los queremos cumplir. Entonces, ¿qué vamos a hacer con todas estas viejas que somos, que bancamos la revolución de las pibas pero que al mismo tiempo queremos saber cómo vamos a seguir viviendo noso­tras? Vos viste que en los laburos ya te discriminan porque si tenés más de cuarenta, cuarenta y cinco años no entrás. Buenísimo la juventud, viva la juventud, que vengan las pibas, pero ¿por qué no empezamos a pensar también que hay una enorme, enorme cantidad de todas mujeres, de todas nosotras, que ya vamos a ser viejas, que en muchos casos vamos a estar solas porque los hijos se fueron o porque decidimos no tener hijos, porque somos de la generación que decidió no tener hijos, vivir solas, no tener un marido? Bue­ no, ¿cómo viene la vida para todas nosotras? Yo creo que está buenísimo todo lo que estamos haciendo de acompañar la revolución de las pibas, pero que estaría muchísimo mejor si somos capaces pronto de empezar a armar La Revolución de las Viejas. Y empezamos. Esas palabras balbuceadas frente a un espejo fueron el inicio. Esta historia empezó frente a un espejo, entre amigas y con un video.

Ese día del espejo me lo dije, y lo dije.
Despacio, mientras me sacaba el maquillaje y pasaba la crema por mi cara y Zahira y Laura me grababan en sus teléfonos. Son treintañeras, así que venían riéndose de mi contradictorio monólogo de la tarde. Tengo cincuenta y cuatro años, no seré oficialmente vieja hasta dentro de seis, estoy y me siento mejor que nunca pero no puedo dejar de pensar que ahí hay una barrera invisible y un después todavía desconocido.
Estoy bien, estoy muy bien, estoy mejor que nunca. Ya no me lleno de intensidad desgastante para casi nada, ni voy detrás de anhelos que no son míos. Necesito menos y me conformo con menos. Elijo los placeres. Tengo el no más fácil que el sí y casi no doy explicaciones. Me rodean el amor y las buenas memorias pero también los proyectos, las ideas, los mundos por viajar y los sueños por cumplir. Ya fui Mafalda, fui Susanita y fui Libertad. Me gustan músicas y lecturas diversas y no tengo que rendir cuentas a ningún canon. Miro para atrás y disfruto del mercado persa en que viví: colorido, con bagatelas y con lujos, durable como mueble bueno o efímero como esas velas preciosas. Todo en medio de aroma de especias.
En seis años voy a ser vieja. ¿Vieja?
Ya pasé la menopausia. Tuve que volver al gimnasio porque las rodillas cuentan toda mi historia. Tomo calcio, no tengo problemas de salud. Y tengo la sensación, la perspectiva, la intuición, de que me falta todavía mucho por vivir. ¿Vivir cómo, con quién, para qué? ¿De qué manera?

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Gabriela Cerruti- Foto Sebastián Freire

Durante muchos años me obsesionó la idea de la muerte. No de cómo o cuándo, sino simplemente de que tuviera que suceder en algún momento. Hacía cuentas, tipo cuántas veces iba a vivir lo que ya había vivido. Cuando empezó a achicarse el margen, empecé a hacerme trampa. Me quedan treinta o cuarenta, que es menos de lo que viví pero, en realidad, si pienso desde que empecé a vivir plenamente, que fue la adolescencia, es más o menos lo mismo.
Un día dejé de hacer esas cuentas y empecé a preguntarme: «Y si vivo cuarenta años más, ¿qué voy a hacer? No tengo proyecto para lo que me resta».

Nos pasamos la vida iluminando a otros para sentirnos iluminadas. El proyecto de vida debía ser compartido, y en esa ecuación terminamos rindiendo nuestro deseo ante nuestras necesidades. «De a dos» fue un mandato y una perdición: nos transformamos en una mitad que se desangra si se separa de su siamesa. Le pusimos funcionalidad a los lazos, y eso los fue jerarquizando. El amor tenía que tener buen sexo, y reproducirse en hijos e hijas, armar hogar, compartir propiedad y contratar felicidad cotidiana a cada paso. Cuando los hijos y las hijas llegaron, y crecieron, el ideal de amor romántico comenzó a ser encontrar a alguien con quien me gustaría envejecer y que me acompañara los últimos años. Juntos de la mano, mirando el atardecer frente al mar.

¿Y si envejezco sin una pareja estable? ¿Porque así lo elegí o por los avatares de la vida? ¿Y si envejezco sin propósito ni deseo a pesar de tener un cuerpo cohabitando mi casa y mi lecho?

Fuimos tomando decisiones que nos llevaron a este momento libres, autosuficientes, poderosas. En soledad o acompañadas. Abuelas cuando tenemos nietos, amigas, compañeras, en familia o sin ninguna compañía. Somos nosotras con otras, compartiendo un momento de la vida y de la humanidad en que nos adentramos en un territorio allende las fronteras conocidas. Y queremos echarnos a andar y explorar.

Ese video circuló por las redes sociales, por internet. Se viralizó en pocas horas. Pasó de teléfono en teléfono.
Durante días no dejaron de llegarme mensajes. Cientos primero, miles y miles a medida que pasaban los días. Mujeres más o menos cercanas, conocidas, contactos, seguidoras. Y de pronto fue una marea.
En todo el país. Mujeres de cincuenta, sesenta, setenta, que se sentían nombradas. Que contaban su historia. Nos mirábamos y nos reconocíamos.

Como en los cuentos de dragones, había que romper el hechizo. Decir la palabra mágica. Nombrarnos: nosotras, las viejas. Acá estamos.

Estábamos allí, y se dispersó la bruma: la generación del medio, la que no tenía aún su historia contada. Salimos a la democracia con la responsabilidad, pero también el sufrimiento y el dolor, de tener que hacernos cargo de ese legado enorme de la generación del setenta, de esa melancolía. Al mismo tiempo, el heroísmo estaba ahí. O en los sesenta. La utopía estaba siempre en el pasado. Nunca tuvimos un futuro en que mirarnos. Tampoco ahora. No somos las madres que fueron nuestras madres, y mucho menos las abuelas que fueron nuestras abuelas. No tenemos un modelo de vejez en que reconocernos. Por eso decidimos construirlo.

Sabemos que probablemente vivamos muchos más años que ellas. Que la expectativa de vida se ha alargado, que la ciencia, la medicina y la biogenética avanzan a pasos exponenciales en una curva ascendente que se acelera cada día y que cada vez más y más humanos alrededor del mundo alcanzarán los ochenta, noventa o cien años de manera saludable y activa.

(…)

En la plenitud de nuestra vida, nos anuncian que somos la clase pasiva.
¿Pasiva?

Justo cuando nos habíamos reconciliado con nuestro cuerpo, conocíamos nuestros dones y nos despreocupamos de nuestras falencias. Cuando aprendimos lo que necesitábamos para resolver las situaciones más disímiles.
Cuando estamos listas para ser más activas que nunca, nos anuncian que hemos pasado a ser… pasivas.

Ese océano entre el relato social y el espejo es profundamente disruptivo.
Y revolucionario. Si la humanidad va a ser longeva, la longevidad tiene que salir a la luz.
En nuestra sociedad productivista es más fácil hablar de la muerte que de la vejez. Nos preparamos con la ciencia para derrotarla, pero con los rituales, la filosofía o la religión para sobrellevarla.
La vejez, en cambio, es ese no lugar al que nos escabullimos sin que nadie lo note, es ese tiempo entre el trabajo y la muerte en que nos volvemos invisibles. Es un problema al que mejor no nombrar.
Por eso el espejo nos devuelve una imagen que no está en el mundo. Nosotras estamos allí. Tan desafiantes como siempre. Más sabias y serenas que hace un tiempo. Igual de curiosas.

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Encuentro de La Revolución de las Viejas -CABA – Febrero 2020

¿De dónde nos retiramos? ¿De la esfera pública, de la vida, de la actividad productiva?
¿De qué actividad productiva? De la que genera bienes de consumo para un tipo de mercado. Es tiempo de pensar en otras necesidades. De dejar de seguir buscando respuestas para viejas preguntas. Y de cambiar las preguntas.
El retiro ha pasado a ser la etapa más larga de nuestra vida. Pasamos doce años en la infancia, veinte entre la adolescencia y la juventud, treinta en la adultez y… ¿veinte, treinta, cuarenta en la vejez? Pero no tenemos relato ni proyecto para esa etapa de la vida a la que llegamos con todo lo aprehendido, todo lo acumulado y todo lo que todavía nos queda por hacer, sencillamente porque vivimos en el consenso organizado alrededor del aparato productivo. De ganancias y pérdidas, de invertir y acumular.
No se alarga la vida, se alarga la vejez. Y como la sociedad occidental y patriarcal de este momento histórico gira alrededor de la creación de bienes y su consumo, no tiene un lugar para quienes han pasado a ser, según el sistema, la clase pasiva.
Nos falta un proyecto colectivo pero muchas veces tampoco tenemos un proyecto individual. Íbamos a cuidar unos nietos que tal vez no tenemos; íbamos a envejecer mirando televisión junto a nuestra pareja o a viajar por el mundo solas. Un plan que funcionaba si los años de vejez eran, como nos prometían, pocos. ¡Pero ninguno de esos propósitos se puede sostener a lo largo de casi la mitad de la vida! Lo único que desafía la segunda ley de la termodinámica es el espíritu humano, dijo alguna vez Jane Fonda. Descubrimos, al doblar esa curva que creíamos que era la punta de la colina desde la cual comenzaba el declive, que era solo un recodo más en nuestra ruta. Que por delante el camino se extiende serpenteante, que hay más ríos y puentes, más campos que atravesar. Ni los estados ni el mercado ni la comunidad tienen un lugar para quienes somos en este momento.
Por eso nos empujan a esa zona del no ser de la que hablaba Frantz Fanon en los libros sobre los desposeídos de la tierra que leímos en nuestra juventud. Un lugar donde languidecer y esperar, en lo posible sin ser vistas para no perturbar recorridos y conciencias. La distancia entre la ausencia conceptual y la presencia real de la vejez en el sistema actual es tan radical que no se resuelve con soluciones puntuales ni retoques. No sirve que inventen nuevos productos o estilos. No alcanza ni siquiera con encontrar un nuevo relato de la vejez.
Como escribió hace ya mucho Simone de Beauvoir, no alcanza con cambiar la vejez. Hoy hace falta cambiar la vida.

La nueva cosmovisión ya no puede ser patriarcal y adultocéntrica. Ya no es factible que las edades, las oportunidades, las ciudades, la agenda diaria y hasta el calendario se definan alrededor del poder militar y la producción en la fábrica porque ese mundo ya no existe.
El endiosamiento de la juventud, que comenzó en la década de los setenta y aún persiste, fue el mayor triunfo del capitalismo: logró convertir a los líderes de la contracultura de los sesenta en la generación más consumista apenas abandonaron las universidades y los conciertos de rock. Hay que ser joven para consumir y se consume para ser joven. Ser joven es en sí mismo un logo, una marca. Hay que trabajar para pagar lo que se consume y consumir para que exista trabajo: así la juventud es el vértice y el propósito de la vida.
Por eso la cultura de la longevidad es disruptiva: porque es profundamente anticapitalista y anticonsumista.
No estamos en el mercado para comprar pastillas sanadoras o cirugías o cremas para la juventud eterna. Tampoco estamos fuera del mercado porque sus leyes nos hayan ubicado allí o porque no importamos en tanto ajenos a la producción y el consumo. Estamos fuera del mercado porque no podemos ni queremos escapar a nuestro sueño y a nuestro mandato. Porque somos quienes soñamos y pusimos en marcha un mundo que creía en la vida comunitaria, en la necesidad de amar sin posesiones, una sociedad más compasiva y solidaria, más simbiótica con la naturaleza. Nos arrebataron nuestro sueño y nos lo devolvieron convertido en marcas y propagandas; construyeron torres para vendernos ropa deportiva cuando dijimos que queríamos saltar y correr; pusieron en marcha la maquinaria millonaria de la industria del turismo cuando dijimos que queríamos viajar. Pero no: queremos correr descalzas como las lobas y vagabundear y dormir mirando las estrellas.
Nos distrajeron durante tantos años. Pero acá estamos.

Lindas, libres y viejas 4Para decirles que seguimos siendo aquellas. Las hijas de las que inventaron el rock, tomaron París, protestaron contra la Guerra de Vietnam y sacudieron América Latina de cabo a rabo en un sueño de justicia y equidad. Las que se montaron en la píldora y la minifalda para vivir su sexualidad en los sótanos del under de la década del ochenta. Mientras defendíamos la democracia en las calles y las plazas. Gritamos «¡Revolución!» y nos respondieron con industria para la guerra y bienes de confort. No queremos comprar un revólver en la farmacia de Miami: queremos vivir en un mundo donde no hagan falta revólveres ni para los buenos ni para los malos.

Decidimos que podíamos no formar una familia tradicional, que podíamos amar a otra mujer, o a nadie; que la maternidad era un derecho y un deseo y no una obligación; que el poder estaba en nosotras y no en el hombre sentado a nuestro lado.

Venimos a cumplir de viejas el sueño inconcluso de la primavera de los sesenta que nos parió y el de la de los ochenta que nos sacó a la calle. El imaginario de los libros que leímos y las canciones que cantamos y los márgenes en los que crecimos. Venimos a recuperar todo lo que quedó en el fondo de la mochila, donde lo habíamos dejado antes que los emprendedores, los políticos y los empresarios volvieran nuestras consignas puro marketing y comercio.
Venimos a poner en marcha una economía solidaria y compasiva, que no se rija por la industria armamentística, la bicicleta financiera y la lógica de la bolsa de valores, la producción de basura y el beneficio de las grandes corporaciones.
El cambio que estamos reclamando es de tal magnitud que no hay gobiernos o programas que puedan llevarlo adelante. Es cultural, es holístico, implica a toda la humanidad. Como las mujeres aymará que cargan la wawa en su espalda porque el futuro está en el pasado, venimos a decir que el futuro está escrito en los sueños que soñamos cuando el tiempo era el espacio que habitábamos y no una maquinaria que nos empujaba y nos medía.
Hoy volvemos a habitar el tiempo como un territorio nuestro, un territorio en el que podemos soñar. Ser vieja es volver a la juventud con la sabiduría del camino recorrido. Jóvenes y viejas tenemos tiempo libre, menos responsabilidades, menos demanda en la cocina y entre pañales, sin jefes que nos den órdenes ni relojes que fraccionen nuestro día. Pero como en la juventud el horizonte es ser adulto y tener responsabilidades, queremos prender fuego a todo antes de llegar a ese momento o en algunos casos, sencillamente nos rendimos antes porque sabemos que habrá de llegar. Ser vieja, en cambio, es tener como horizonte la muerte. Frente a lo único que no podemos cambiar, queremos cambiar todo, porque el único deseo perdurable en esa instancia es vivir de la mejor manera, perdurar en la memoria de les otres de la mejor manera y hacer del propósito de nuestra vida el motor que nos impulse a levantarnos cada mañana.

Entonces déjenme decirles esto: creo, con convicción, que cambiar el mundo le toca a la sabiduría de las viejas más que a la pasión de las jóvenes.

Ya estamos de vuelta. Sí, de vuelta. Ya vimos todo. Cuando menos tiempo tenés, tenés todo el tiempo. Cuando a la vuelta de la esquina está la eternidad
o la nada, tenés paciencia y templanza infinitas.
Las verdaderas reglas del mundo están escritas en las letras de las canciones y en los poemas; no hay código penal que moldee la vida ciudadana como los libros que leímos y las películas que nos formaron. Una tarde en el cine hizo más por nuestra visión del otro que muchas madrugadas de debates en el parlamento. Eso es lo que nos une hoy como generación. Y desde ese lugar de nuestra experiencia donde se agolpan las palabras recitadas a escondidas es desde donde agitaremos las consciencias.

Formar parte de un movimiento colectivo es la mayor fuerza emancipatoria de la historia. Descubrir de pronto que lo inevitable no es inevitable. Que hay otra opción. Que el deseo puede ser realidad.
Por eso se silencia la marea plateada. Porque está allí. Porque existe, es.
Nadie puede hablar en contra de la longevidad, porque además es un enorme logro de la humanidad. Es el deseo cumplido. Pero, al mismo tiempo, no tanto: no nos importa vivir muchos años si no vamos a habitarlos en plenitud, con dignidad y alegría.
¿Queríamos vivir muchos años? Pues acá estamos,
¡viviendo muchos años! ¿Qué hacemos ahora con esto?
Les traigo una noticia: vivir muchos años es ser viejo muchos años.
¿Vamos a seguir asociando la vejez con lo que está mal? El planeta envejece, las cosas envejecen. ¿Vamos a seguir creyendo que hay que tirar lo viejo y cambiarlo por algo nuevo?
La cultura consumista, que necesita que desechemos, asocia lo que no es nuevo con lo inservible, con lo vetusto; apenas algo no funciona, en lugar de arreglarlo lo tiramos y lo cambiamos por algo nuevo. Esa idea de lo viejo desechable, centro de la dinámica contemporánea, se refleja en nosotras. No nos vemos viejas: la sociedad nos ve viejas.
Pero tenemos algo para decirles: ya no nos importa cómo nos ven, ya no nos constituyen ni la mirada ni el deseo de los otros.
Dejamos de pelear la batalla contra el tiempo, porque el tiempo ya es nuestro. El tiempo que vivimos y el que vamos a vivir.

(…)
En La Revolución de las Viejas las batallas se eligen con cautela y se dan con serenidad y una sonrisa. Desposeídas e invisibilizadas, pero con un bagaje simbólico y biográfico que nos confiere identidad como grupo y práctica en el ejercicio de nuestros derechos, podemos ser el motor de la construcción de algo nuevo.

Fragmento de «La Revolución de las Viejas» de Gabriela Cerruti publicado por editorial Planeta, 2020.

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Por: | Publicada: 20 de agosto, 2021 | Categoría: Desde casa
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