Llegó con tres heridas
La del amor
La de la muerte
La de la vida.

Con tres heridas yo:
La de la vida
La de la muerte
La del amor.

Bienvenides a Quirón

Somos la generación que cantó al poeta tantos años como duró esta travesía plena de sentidos, revoluciones y desafíos inconclusos. Y que aprendió que esas heridas nos constituyen y solo se sanan colectivamente. Por eso desde hoy, nos encontramos, también, en Quirón.

¿Por qué Quirón?

Cronos, el dios del tiempo, se enamoró de la ninfa Filera, habitante de los Océanos. Ella para escapar de él se transformó en yegua y él en caballo, y la conquistó. Un amor forzado, en que la mujer huía y el tiempo se disfrazaba para ocultarse, dio origen al centauro Quirón que creció en los montes aprendiendo el poder de la sanación. Quirón sanaba con brebajes y pócimas, pero también con amabilidad, cuidado y consejos. Es, para la mitología griega, el padre de la medicina moderna, y por eso hoy quienes sanan con manos milagrosas sobre los cuerpos, lo hacen en los quirófanos.

Pero un día en una batalla de centauros, una flecha envenenada por Hidra y arrojada por un amigo lo hirió accidentalmente. Quirón usó todas sus artes, pero no logró encontrar la cura. Fue encerrándose, poniéndose amargo y hosco, entregándose a su dolor y dejándose finalmente estar, convencido de que su inmortalidad ya no le pertenecía.

Vivía incómodo, inmerso en ese pensamiento inconveniente, en ese sentir el veneno dentro de su cuerpo, esa impotencia de tener el poder de curar a los demás, pero no sanarse a sí mismo, que nos atraviesa tantas veces, ¿o no?

Hasta que la llegada de otro Centauro herido al campamento lo distrajo de su propio dolor, y buscó la pócima y el amor que creía que lo habían abandonado para curarlo. Y descubrió entonces que aquello que había preparado para curar al otro, era su propio remedio. Porque Quirón es también, entonces, las heridas que sanamos curando a los demás. La alquimia que nos fortalece porque damos y recibimos en una comunidad amorosa en la que las heridas de la vida, de la muerte y del amor, se sanan colectivamente.

Seguí a Quirón en cada mención en el cine y la literatura. Será que soy de Sagitario y, no les dije, cuando finalmente muere el centauro (porque sanarse y ser feliz tiene su precio, y él pagó con su inmortalidad) es arrojado por los dioses al cielo, y forma, claro, la constelación de Sagitario. Será porque me sanan las caricias y las miradas de los otros, pero también sé que mi palabra y mi abrazo sanan si los regalo, generosa. Será porque las heridas karmáticas con que vengo, sangran más en el aforo de cada época, pero también las vi cerrarse en plazas y conciertos y victorias. En fin, será que Quirón siempre me llevó para allí, para ese medio cielo donde es nombrado, que lo reconozco apenas aparece.

De todo ese universo quironiano, me quedo con el Centauro Negro de La Historia Interminable. El libro tal vez más bello del mundo, tiene a su Quirón volando a través de los cielos desde el planeta Fantasía para encontrar al guerrero que podrá salvarlo del avance de la Nada. Cuando encuentra a Bastian, duda: ¿podrá un niño luchar contra la destrucción del mundo?

No voy a contarles el final, para quienes aún no lo leyeron. Solo decirles que, desde hoy, mi Quirón elegido es este lugar donde la palabra es nuestra pócima para cuidarnos. Donde vamos a aprender en comunidad, reír y llorar a gritos cuando haga falta, danzar con la música que amamos y alimentarnos de los brebajes que traen el aroma y el gusto de nuestra biografía.

Somos la generación que creció en la dictadura militar; conocimos el horror de los cuerpos arrojados al río y los desaparecidos en los campos de concentración, y salimos en los ochenta a pelear por la democracia en América Latina, por la memoria de las víctimas y la justicia sobre los victimarios. Con amor y verdad.

Somos la generación hija de las revoluciones del siglo XX: bailamos música disco y cantamos canciones de protesta al mismo tiempo. El rock nos escribió la biografía y los poetas nos desgranaron la historia. En el underground, la apertura democrática y el feminismo sembramos lo que somos hoy. Somos las hijas de las viejas locas del pañuelo blanco y las madres de las pibas locas del pañuelo verde.

Traemos toda esa sabiduría en el cuerpo y la transformamos en deseo.

Pusimos el deseo en movimiento, y el deseo es hoy nuestra flecha mágica. Un deseo creador, un deseo que se construye de otros deseos, un deseo que no quiere, que no necesita, que avanza como ondas en el mar para descansar como marea en la playa.

Las trincheras de hoy, ya no son aquellas. Hoy construimos barricadas amorosas, alegres, para disfrutar lo que somos, y lo que seremos. Queremos seguir aprehendiendo y poniendo colores, y recuperar sentido. Por eso vamos a leernos, estudiar, enseñar. Porque el tiempo es circular y seremos capaces de desafiar la ley de la entropía para juntar las piezas rotas y tejer alianzas, y coser amores. Y sanar heridas.

No venimos a cambiar la vejez. Venimos a cambiar el mundo.

Bienvenides a Quirón.

 

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