Trifona Flores Blas tiene una parcela de tierra en El Pato, Berazategui, donde cultiva sin usar agrotóxicos, como aprendió en la Unión de Trabajadores de la Tierra. Con 70 años y un marcapasos que le recuerda que debe andar con cautela, Trifona no pasa un día sin que sus manos trabajen la huerta. Orgullosa de un camino que empezó hace más de una década con la naturaleza como norte, pregona: “La agroecología me gusta porque no va el remedio a la planta; el remedio hace mal, acá no hay cáncer”.

Trifona Flores Blas cultiva junto a su familia una pequeña parcela agroecológica en El Pato, una localidad bonaerense próxima a Berazategui. A los 70 años es la referente zonal de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), la organización social que popularizó los denominados “verdurazos” durante el macrismo para visibilizar la problemática del acceso a la tierra. “Trifona es quien nos acompaña, nos guía, nos cocina, y nos reta”, dice su hijo Josué durante la recorrida que hizo Quirón para conocer cómo se trabaja la tierra de forma artesanal, sin agrotóxicos, caminando los tiempos de la naturaleza.

Menuda de cuerpo, Trifona trabaja todo el día, pero con la cautela que le impone el marcapasos que lleva desde hace tres años por un problema en el corazón. Con sus manos protegidas por guantes, inclina su cuerpo todas las mañanas para limpiar los surcos de los invernaderos. Su actividad favorita es arrancar los yuyos, en especial las molestas ortigas, para que las verduras y frutas se enraícen con más fuerza en el suelo. A futuro, sueña sembrar un hato de flores en la quinta. “Quiero que las visitas puedan llevarse un ramo cada vez que vengan”, se entusiasma.

“Las hormigas se comen la acelga. Los pajaritos se comen el resto. No llueve y lo que nació se retuerce sobre sí mismo y se seca. Solo el maíz dulce que sembré para choclo parece resistir un poco. Riego con manguera lo más que puedo, pero me gana la desazón y el fuego. Cada mañana, algo parecido a la desesperación. Me repito una y otra vez que hay un tiempo para cada cosa. Un tiempo para la siembra. Un tiempo para la cosecha. Un tiempo para la llovizna. Un tiempo para la sequía. Un tiempo para aprender a esperar el paso del tiempo.”

Federico Falco – Los llanos (2020).

Las malditas ortigas

“Trifona ya viene, ya viene”, dice Josué, pelo negro como el carbón y la remera de la UTT como bandera. Abre el portón. El sol de septiembre estalla sobre la parcela de hectárea y media que trabajan en familia. Ahí viene Trifona: brazos y piernas firmes, labios secos y un hermoso rosario de arrugas alrededor de la boca. Es sobria en palabras, pero cuando habla cubre todo de risas. Comienza la recorrida por la quinta donde, bajo el calor de las cortinas de nylon sostenidas por maderas delgadas, se enraízan verduras y frutas de estación: lechuga mantecosa, zapallito, pepino, kale, remolacha, berenjena rallada, apio, tomate, morrón.

“Acá, nada de químicos. A mí me enseñó la UTT. Amanece y a laburar en la quinta, a cortar los yiuyos para que no nos gane el yiuyo a la planta. Ahora, que tengo un marcapasos, tengo que cuidarme mucho más. No queda otra que trabajar, lo hago más despacio, me afecta el calor. A los yiuyos se los saca con la mano”, explica Trifona. 

Trifona Flores Blas es de Tarija, parte de la llamada región de la medialuna en Bolivia. Nació un 30 de enero de 1951 y es mamá de 5 hijos: tres varones y dos mujeres. En 1982 recaló por primera vez en Argentina; fue yendo y viniendo a casas de familiares hasta que se radicó en Berazategui. Hubo un paso por Salta junto a su familia, pero hace 11 años que trabaja en el mismo campo. Un año antes había quedado viuda. También perdió a una hija.

“Trifona fue la primera que se integró a la UTT junto a su vecina Eulalia. Las dos son la base de la organización en El Pato, hoy seremos unas 250 familias integradas entre Zona Norte, La Plata, Florencio Varela y Berazategui. Trifona empezó haciendo una parcela agroecológica de 20 por 30 metros en un lote de campo alquilado, años después pusieron en modo agroecológico toda la quinta. En el 2018 tuvo un problema en el corazón, quedó con latidos muy bajos, y entonces le pusieron un marcapasos. Trabaja bien, a su ritmo, tiene 70 años, se mantiene activa. No se queda en casa nunca, haga frío o haga calor, ella siempre está en el campo, además participa de las ferias barriales”, va contando Josué.

El alquiler de la hectárea y media donde trabajan cuesta 14 mil pesos por mes. “Hay que laburar un montón para ganar la moneda del alquiler. Siempre costó”, explica la matriarca de la quinta y vuelve a mencionar que las elevadas temperaturas le hacen mal.  “No puedo trabajar con el calor, ahí me quedo tranquila. Mucho calor, no puedo”, señala la anfitriona mientras va señalando su producción: “esto es lechuga mantecosa, esto es chaucha”.

Las hileras donde crecen las plantas se llaman “lomos”. Los lomos se peinan en la tierra con ayuda de un tractor o de un rotador. A los costados de los lomos no debe haber yuyos. Así la tierra es más rica, más dúctil, más fértil.

Los hijos de Trifona construyen el invernadero con maderas delgadas compradas en la maderera cuando juntan plata en el verano, que es cuando más rinde en términos económicos la quinta. Los hijos elevan y tiran las cortinas blancas de nylon, peinan los lomos. Trifona en cuclillas arranca los yuyos, con guantes porque “las ortigas lastiman, tienen pinches esas malditas”.

La ortiga, la maldita ortiga, también sirve como fertilizante e insecticida, dice la mujer. Se la deja reposar en agua, las ramas de pinches y hojas acorazonadas fermentan en baldes azules de metro y medio de alto; entonces la maldita se convierte en santo remedio.

“El purín de ortiga es muy bueno. El purín de cebolla huele más feucho, es como un insecticida, tiene un olor fuerte que espanta, los corre a los bichos. Ahí hay purín de albahaca con un olor raro, pero con el tiempo te acostumbras. Este es un biol, un abono para echarle por goteo a la planta, la fortalece, está preparado con bosta de vaca; cuando lo sacás parece una chicha. Y esto se llama té de bocashi, un abono que hacemos con distintas bostas, lo mandamos por líquido al goteo. Los tiempos de la planta no se aceleran, el tiempo de crecimiento es real; nuestro tomate tarda más pero el gusto es distinto, tiene otro color, otro sabor”, enseña Josué.

La organización

La Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Tierra hoy organiza a más de 22 mil familias productoras de alimentos, nucleadas por grupos de bases en 18 provincias del país, que se dedican a la producción frutihortícola y de crianza de animales, a los lácteos y pequeñas agroindustrias.

“Somos esclavos y esclavas de un modelo tóxico y por eso vamos aumentando cada día las hectáreas en producción agroecológica, sana para la tierra, para quien produce, para quien consume, y libre de trabajo explotado y de las multinacionales”, dicen desde la organización que vende sus productos bajo la premisa del comercio justo. Esto es,  cuando se realiza una compra se participa de una red de intercambio, una red comercial que privilegia el desarrollo de una vida más justa para quienes trabajan la tierra y quienes consumimos. El comercio justo, sostienen, reduce la desigualdad.

—¿Extrañás Bolivia, extrañás tu tierra?

—La tierra de allá es diferente, allá sube y baja, aquí es planita, es más fácil. Es más difícil cultivar el terreno allá. La agroecología me gusta porque no va el remedio a la planta; el remedio hace mal, acá no hay cáncer. Estoy bien de salud, siempre comiendo vegetales y frutas.

Mientras se despide, Trifona señala un pedazo guacho de tierra: hay plantas, yuyos, tierra, todo entreverado, sin ton ni son. “Ahí voy a plantar las flores. Quiero que las visitas, cuando vengan, se lleven siempre un ramito. Los vecinos tienen flores y yo también quiero tener”.

 

Mas información sobre la UTT: https://uniondetrabajadoresdelatierra.com.ar/

 

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